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El aprendizaje en la quietud (23/08/2026)

Hay una escena que se repite en casi todas las clases de movimiento: el profesor anuncia el momento de recostarse sobre el piso, o como le decimos en yoga, entrar en la postura de savasana.

Hay una escena que se repite en casi todas las clases de movimiento: el profesor anuncia el momento de recostarse sobre el piso, o como le decimos en yoga, entrar en la postura de savasana. Dos o tres alumnos se acomodan rápido, contentos —por fin el momento de "descansar"— y otro par mira el reloj, calculando si les da tiempo de llegar a buscar a los chicos al colegio. Nadie ahí, ni quien enseña ni quien practica, está pensando que en ese momento específico, tirado en el piso sin hacer nada visible, está terminando de pasar algo. Todo lo contrario: la lectura instalada es que ahí ya no pasa nada. Que lo que importaba —la postura, el ajuste, la sensación nueva que apareció en la clase— ya sucedió, y esto es apenas el premio por haberlo logrado.

Esta semana venimos hablando de lo que se puede transmitir sin decir nada, quedándonos en silencio en vez de llenarlo. Savasana es la versión más literal de esa idea, pero acá conviene mirarla desde otro ángulo: no como enseñanza silenciosa hacia el alumno, sino como una fase del propio proceso de aprendizaje motor —y también, psicoemocional. Porque hay un dato de cómo funciona el sistema nervioso que cambia por completo el peso de esos minutos finales, y que casi ningún profesor de yoga maneja aunque dé savasana todos los días de su vida.

Lo que pasa cuando el cuerpo deja de practicar

Cuando aprendemos algo nuevo —un patrón de movimiento distinto, un ajuste que reorganiza cómo se ubica la pelvis en una postura, una sensación de anclaje que antes no estaba— ese aprendizaje no se fija en el momento en que lo estamos ejecutando. Se fija después, en el período posterior, sin estímulo nuevo entrando al sistema. Es el mismo principio por el que dormir consolida la memoria: el cerebro no aprende mientras acumula información durante el día, aprende mientras duerme, cuando deja de recibir estímulos y puede reorganizar lo que acaba de pasar.

Con el aprendizaje motor ocurre algo parecido, en una escala mucho más chica y mucho más rápida. Durante la práctica —mientras repetimos una postura, mientras corregimos un apoyo, mientras probamos una variante que nos pide sostener el equilibrio de otra forma— el sistema nervioso está ocupado. Está ejecutando, comparando, ajustando en tiempo real. Todavía no está consolidando. Ese trabajo necesita justamente lo que savasana ofrece: quietud, ausencia de instrucción nueva, y tiempo.

Pero lo que se consolida ahí no es solamente un patrón motor. Una clase de movimiento no le pide al cuerpo solo que ejecute una postura nueva; muchas veces le pide que tolere una sensación incómoda, que se mantenga en un equilibrio inestable sin tensar de más, que atraviese un momento de frustración cuando algo no sale y decida repetirlo igual. Todo eso también se está procesando en el reposo final. No es únicamente el cuerpo memorizando un movimiento: es el sistema nervioso terminando de decidir qué hacer con la carga emocional que ese movimiento trajo. Si cortamos savasana, no le restamos tiempo solo a la parte técnica del aprendizaje. Le restamos tiempo también a la parte que tiene que ver con cómo la persona se relaciona con lo que le costó, lo que le dio miedo, o lo que finalmente logró soltar.

La diferencia entre dar clase y facilitar aprendizaje

Acá aparece la distinción que más me interesa señalar, porque es la que separa una clase de movimiento de una clase de aprendizaje —dos cosas que se dan por sinónimos y no lo son. Se puede armar una secuencia impecable, con ajustes precisos y una progresión bien pensada, y aun así no estar generando aprendizaje si el cuerpo nunca tiene el tiempo de reposo que necesita para fijar lo que acaba de practicar, en las dos dimensiones a la vez. La clase estuvo bien diseñada. El proceso, en cambio, quedó cortado antes de terminar.

Esto cambia de forma muy concreta cómo un profesor puede sostener ese tramo final. No se trata de anunciar savasana como si fuera un premio ganado ("ahora sí, a relajar"), porque esa forma de presentarlo ya instala la idea de que es un tiempo aparte, desconectado de lo que se vino haciendo. Se trata de protegerlo con la misma seriedad con la que se protege cualquier otro momento de la clase donde está pasando algo que importa: sin apurarlo cuando el horario aprieta, sin llenarlo de indicaciones nuevas que reactivan el sistema justo cuando más necesita quedarse quieto —y sin subestimar que ahí, además de un cuerpo aprendiendo a moverse distinto, hay una persona terminando de procesar lo que sintió al intentarlo.

Facilitar un proceso, en su forma más literal, es entender que el proceso sigue después de que el cuerpo dejó de moverse. Savasana no es la pausa que separa la práctica del descanso. Es la bisagra entre practicar algo y aprenderlo — entero, cuerpo y todo lo que ese cuerpo sintió en el camino.

Si te quedaste con ganas de seguir profundizando en cómo se consolida un aprendizaje, te invito a leer otros ensayos publicados acá o a investigar por tus propios medios. Y si preferís recorrerlo de la mano, podés escribirme para conocer más sobre Bases Estructurales MIP®, donde este tema —y varios otros— lo trabajamos en profundidad desde la psicopedagogía.



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